Tengo una hija muy desobediente, que se pasa el día entero jugando y fantaseando. No sé cómo voy a educarla, si nunca me hace caso.
Por ejemplo, lo que ocurrió ayer. Desde la cocina la veo en el jardín, jugando con el gato. Pobre animal, menos mal que es de los pacíficos, porque ya debe estar harto de que Caperucita lo trate como si fuera capaz de entenderla. Se pasa el día hablando con él. Y con el perro. Y con los pájaros. ¡Si hasta intenta hablar con las piedras! Señor, qué cruz.
Total, que la mando a un recado de nada, porque yo estoy de trabajo hasta arriba, no paro de trabajar. Y es bueno que ella se vaya ambientando a lo que le espera cuando sea mayor. La mando a llevarle unas chucherías a su abuela, que vive en una cabaña al otro lado del bosque. No es un bosque muy grande, aunque sí que es verdad que en él vive un lobo. Pero yo le advierto claramente a mi hija que no se detenga, que mire bien, que no intente jugar con el lobo como si fuera un animal doméstico como los que tenemos en casa. Pero cuando llega al camino que hay cerca del río, ve al lobo y le hace señas y le habla. Y echa a correr, como jugando con él. Cuando llega a la cabaña, el lobo la está esperando. La pobre abuela, que ve llegar a su nieta corriendo, sale a ver qué pasa y el lobo la asusta, de modo que se esconde en un armario. No deja de gritar, pero Caperucita cuando se pone a jugar es que no se fija en nada. Y, claro, el lobo la ataca.
Menos mal que por ahí pasaba en ese momento nuestro vecino Hermenegildo, que llevaba su escopeta, Dios lo bendiga, y consigue espantar al lobo.
Pero, vaya, mi hija no lo ve así. Pobrecilla, dice que el lobo no es tan malo, que ha hablado con él, que entre los dos estaban poniendo en escena un juego. Hasta dice que el lobo se disfrazó con el camisón de su abuela. No sé lo que tengo que hacer con esta criatura. Confunde la realidad con sus fantasías. Ahora mismo está contándole al gato su versión de la historia.
De nada me sirve castigarla. Al revés, ahora resulta que está enfadada conmigo porque le digo que vea las cosas como son, sin confundirlas. El gato está dormido, seguro que de aburrimiento, porque no entiende nada. ¡Cómo va a entender algo, si no es más que un gato! Lo peor de todo es que Caperucita parece dispuesta a repetir la historia, sin entender que la próxima vez puede terminar mal.
Caperucita, explicada por su madre
Tengo una hija muy desobediente, que se pasa el día entero jugando y fantaseando. No sé cómo voy a educarla, si nunca me hace caso.
Por ejemplo, lo que ocurrió ayer. Desde la cocina la veo en el jardín, jugando con el gato. Pobre animal, menos mal que es de los pacíficos, porque ya debe estar harto de que Caperucita lo trate como si fuera capaz de entenderla. Se pasa el día hablando con él. Y con el perro. Y con los pájaros. ¡Si hasta intenta hablar con las piedras! Señor, qué cruz.
Total, que la mando a un recado de nada, porque yo estoy de trabajo hasta arriba, no paro de trabajar. Y es bueno que ella se vaya ambientando a lo que le espera cuando sea mayor. La mando a llevarle unas chucherías a su abuela, que vive en una cabaña al otro lado del bosque. No es un bosque muy grande, aunque sí que es verdad que en él vive un lobo. Pero yo le advierto claramente a mi hija que no se detenga, que mire bien, que no intente jugar con el lobo como si fuera un animal doméstico como los que tenemos en casa. Pero cuando llega al camino que hay cerca del río, ve al lobo y le hace señas y le habla. Y echa a correr, como jugando con él. Cuando llega a la cabaña, el lobo la está esperando. La pobre abuela, que ve llegar a su nieta corriendo, sale a ver qué pasa y el lobo la asusta, de modo que se esconde en un armario. No deja de gritar, pero Caperucita cuando se pone a jugar es que no se fija en nada. Y, claro, el lobo la ataca.
Menos mal que por ahí pasaba en ese momento nuestro vecino Hermenegildo, que llevaba su escopeta, Dios lo bendiga, y consigue espantar al lobo.
Pero, vaya, mi hija no lo ve así. Pobrecilla, dice que el lobo no es tan malo, que ha hablado con él, que entre los dos estaban poniendo en escena un juego. Hasta dice que el lobo se disfrazó con el camisón de su abuela. No sé lo que tengo que hacer con esta criatura. Confunde la realidad con sus fantasías. Ahora mismo está contándole al gato su versión de la historia.
De nada me sirve castigarla. Al revés, ahora resulta que está enfadada conmigo porque le digo que vea las cosas como son, sin confundirlas. El gato está dormido, seguro que de aburrimiento, porque no entiende nada. ¡Cómo va a entender algo, si no es más que un gato! Lo peor de todo es que Caperucita parece dispuesta a repetir la historia, sin entender que la próxima vez puede terminar mal.
Si es que esta hija parece salida de un cuento.